Optimismo inteligente

Siempre me dijeron que se aprendía más de lo malo que de lo bueno, que aquello que nos salía bien nunca iba a ser valorado de igual manera que aquello en lo que hemos fracasado de manera reiterada.

Entonces, como padres y madres, se nos podría plantear una cuestión: ¿qué tipo de valores hemos enseñado a nuestros hijos en tiempos de bonanza?, y sobretodo ¿cuántas y cuántas cosas podemos enseñar a nuestros hijos en tiempos de crisis?

Si echamos la vista atrás, a los tiempos de la mítica serie de televisión de “cuéntame” ¡cuántas de nosotras esperábamos con impaciencia y felicidad a ponernos el vestido de temporada de los domingos!

Hemos pretendido y pretendemos que nuestros hijos tengan una vida mejor, pero este planteamiento lo hacemos siempre pensando en nuestras carencias, pero en ocasiones me pregunto ¿por qué hemos focalizado nuestras carencias en los aspectos materiales?

La ilusión, la esperanza, la felicidad o la sensación de que la vida tiene sentido, tiene que surgir desde el interior, de los cimientos, de las creencias, valores y actitudes. Pero si bien es cierto que, no se puede comprender acertadamente la vida desde la desdicha y el pesimismo.

Existe algo muy pretencioso en el sentimiento de “culpa universal” de las personas depresivas, no estar nunca satisfecho consigo mismo, y sufrir por las propias limitaciones encierra un orgullo poco realista. Y lo que es más importante, puede generar un mal clima en el hogar que dificulte los canales de comunicación con nuestros hijos.

La pretensión del artículo, es que reflexionemos y nos centremos en aplicar a nuestra vida y a la educación de nuestros hijos los principios de la psicología positiva desarrollada por Martin Seligman.

La psicología positiva no confía en los sueños dorados, utopías o autoengaños sino que intenta utilizar una relación de variables como el optimismo, el humor o las emociones positivas.

La capacidad de encontrar elementos de humor genuino en situaciones angustiosas es un recurso inestimable que no poseen muchas personas, pero que puede propagarse y se contagia con efectos muy saludables.

Pero, ¿cómo puedo yo aplicar estos principios a mi vida cotidiana de manera realista?

Recortemos las distancias, olvidemos los reproches, si damos amor recogeremos amor. Potenciemos los besos y los abrazos.

Alguien dijo que hacia falta una media de cinco abrazos al día para sobrevivir.

Hemos sobrevivido sin ellos, pero cuando cuesta tanto pagar la hipoteca todos los meses, es mucho más llevadero si nuestros hijos nos despiertan cada día con un abrazo.

El cariño y las emociones positivas no son genéticas o hereditarias las debemos fomentar.

Beatriz Sanchis, professora especialista en orientació educativa.

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